No es país para genios

[Rescatado de 29-03-2018]
Hace algunas semanas corroboré algo que llevaba sospechando desde, prácticamente, toda la vida: Soy una persona con “Altas Capacidades”. Me sigo sintiendo la misma, las asociaciones continúan dándome urticaria y la McArthur me pilla un poco lejos, así que me tendré que conformar con la parva del MECD.
Es algo que cuando se le pone nombre cobra un sentido tácito sustancial. Por la norma aquella de que lo que no se nombra en los medios no existe, que se traslada a que lo no se exterioriza verbalmente se mantiene en éter. Aunque, insisto, ningún test, documento o papel me vendrá a decir nunca lo que soy. Res est Res, et quod rei dicitur.
De cualquier manera, muchos ya saben que entre los Derechos Fundamentales reclamo el de irse, dándole la gracias a Baudelaire por ser el pionero en sentar la cuestión. Pero especialmente el de poder expresarme sin cortapisas: apasionarme, apasionar y el intercambio de conocimiento; para mí es casi tan necesario como el respirar. Es más, me atrevería decir que expresar significa al oxígeno, por aquello de seguir viviendo y demás.
Pues bien, debido a ello he decidido que este momento simbólico es una ocasión, tan buena como cualquier otra, para aportar mis experiencias en primera persona y ayudar, quizás, a otras que estén en una situación parecida. Puede que a algún adolescente descarriado se dé por aludido, quizás algún padre insulso en esto de tratar con locas como yo reconozca a su hija. Yo por mi parte admito que puede no ser fácil. Así que en una relación simbiótica yo exorcizo mis experiencias y quien quiera participar de lector modelo o empírico (leyendo al pie de la letra o abstrayendo dentro de su experiencia personal) es libre de usar de lo que aquí recoja. Solo una cosa más saltándome la “4ª pared”: Percibir el mundo de manera diferente al resto es el mayor bendito dolor que he tenido la buena suerte de que me ocurriera. Respeta la diversidad y respétate a ti misma.
Cuestión de relato
Comenzaré por el principio, aunque bien podría empezar por la mitad y lo haré, pero el final es lo importante y es lo que debes saber antes, amén de las implicaciones que darán lugar las consecuencias. Obviamente teniendo en cuenta los casos análogos, así que empecemos por los 3/4 de una historia paralela.
¿Te ha parecido enrevesado? Pues así funciona mi mente la mayor parte del tiempo (y la de más gente de la que crees). No es broma, de manera simultánea y enfocada en varios frentes futuros o pasados, en donde el desarrollo cognitivo muchas veces va por delante del motor. No es que sea una descerebrada, al contrario, todo tiene una lógica perfectamente hilada, pero se pierde tanto en su propia profundidad que “aguacate” se liga con “telar”. Por ello, es frecuente que a menudo me coma letras, tenga miles de erratas, incluya en una palabra la letra con la que empieza la siguiente (eso especialmente). Me pasa sobre todo en la escritura a mano. Y me lleva pasando desde pequeña. Siempre he tenido una letra horrorosa e ilegible, eso dicen los demás, si no me
enfoco en hacerla “bonita” sale un pifostio galimático al que yo personalmente le tengo mucho cariño, pero a mi “seño” (¿Por qué coño a las maestras de escuela se las llamaba así?, solo a las maestras, eso sí es motivo de estudio) le parecía que era un problema gordo. “Si no me entiendes tú el problema lo tienes tú, no yo”, pensaba yo. Supongo que me parecía mucho más relevante el qué que el cómo, cuando se trata de transmitir un mensaje. Aunque con los años he aprendido que el “cómo” es la base de la Sociedad, y que también tiene un encanto, diferente, aunque, sin duda, encanto. Pero a lo que voy, siempre he tenido una capacidad crítica inherente y la cosa se me planteaba así: Si lo que importa aquí es retener unos datos para recuperarlos luego, qué ganamos haciéndolo bonito, hagámoslo eficiente.
Lógicamente siempre recibía la misma contestación: “Tienes que mejorar la letra, pues porque sí” en clave tautológica, por supuesto. Las dos desgracias patrias: Cuba del 98 y la caligrafía de los escolares.
Otra implicación asociada, leo de memoria, me explico: Normalmente cuando aprendemos a leer acabamos reproduciendo un canon de lectura de retención. Por repetición acabamos memorizando palabras, estructuras, sintaxis… De modo que desarrollamos una “economía de la lectura” al igual que ocurre con el lenguaje, tendemos a reconocer lo habitual, incluso antes de leer por completo las palabras, y con ello conseguimos una mayor eficiencia. Es por eso que leemos mucho más fácilmente los textos con las estructuras arquetípicas de Sujeto + Verbo + Predicado, amén de aquellos que contienen palabras cotidianas y comunes. Precisamente porque no nos tenemos que pararnos a leerlas, las reconocemos antes de que terminen. Por el contrario, cuando encontramos estructuras poco convencionales o palabras no convencionales nos cuesta sustancialmente más, porque es ahí cuando tenemos que “leer” de manera completa las frases.

Bien, pues este fenómeno le afecta de manera exorbitada a una persona con altas capacidades en el ámbito lingüístico, produciéndose en muchos casos una paradoja muy curiosa, que es la de parecer una completa idiota en el lenguaje llevado a la práctica. Porque si normalmente una persona reconoce y memoriza ciertas estructuras y palabras, una persona de las citadas características las memoriza todas simplemente encontrándoselas una vez. Al punto de que no se para, siquiera, a saber, cómo se escriben. Es más, por contexto e interrelación, si desconoce parcialmente una palabra, la estructura y contexto circundante le habrán dado la suficiente información para deducir su significado pragmático sobre la marcha, ergo, no necesita “leer” (pararse a ello) para entender perfectamente lo que lee.
Yo personalmente, durante muchos años tuve muchísimas faltas de ortografía. Pero porque no tenía necesidad de corregirlas, el sistema nunca me obligó realmente. Y ya cuando se me planteó como una necesidad no me costó demasiado corregirlo, me basta con centrarme en analizar lo que leo. Pero volvemos a lo mismo, si en ese momento la importancia trasciende al modo, dando prioridad al mensaje en sí, el cerebro priorizará. La ortografía será, pues, un mero ente secundario que pasará desapercibido, sepultado entre los millones de ideas y estímulos que no paran de incorporarse.
Actualmente, y como aporte anecdótico, le tengo que dar todos mis textos largos a alguien para que los corrija y corrobore que están correctos. O en su defecto dejar pasar un tiempo para que se supriman de la Memoria Operante, porque los leo inconscientemente de memoria sabiendo lo que dicen al dedillo, y, por ende, obviando lo que ponen. Lo mismo me pasa con las estructuras, y como soy media hermana de Proust lo de concatenar ideas me viene de forma natural, así que debo luchar por encajarles cierto estilo periodístico en ese aspecto.
Ninfomanía Cognitiva
No confundamos profundidad con déficit de atención, se trata de que la mente entiende que la tarea ha finalizado, porque en efecto ya la ha finalizado y pasa a otra cosa.
Eso hace que seamos personas que nos aburrimos con facilidad, necesitamos nuevos retos, movimiento, cambios, estímulos, conocimientos… ¡Pasión! Al punto de que yo por lo menos no soy capaz de repetir una cosa dos veces, no puedo, me exaspera, ya lo he dicho, ya lo he hecho. No tiene valor, a menos que pueda ofrecer una lectura diferente, como puede ser volver a releer una obra tiempo después con conocimientos añadidos. Pero, el modelo de repetición y ejecución industrial de las escuelas me huele a putrefacto. Es contraproducente. A veces comienzo un proyecto y a la mitad le doy una vuelta de tuerca: de estilo, de enfoque, de tratamiento, de ideas. La caducidad tiene un tiempo mucho más efímero cuando en tu cabeza todo ya ha terminado. Tampoco es que yo sea un bicho raro inamovible. Conozco las normas sociales y en tanto y cuanto me debo y actúo en función de ellas, con los años he aprendido a definir bien las metas. Cuestión de supervivencia y de objetivos: Si quiero que me entiendan y ser accesible lo hago. Pero tiendo y disfruto más con mi verdadera naturaleza; como un animal al que sueltan la correa y sale disparado pegando saltos, pero en su equivalente en símil intelectual.
Eso no lleva a lo siguiente, lo ecléctico. Llega un momento en el que la concatenación de ideas y el aburrimiento se unen. El conocimiento es caprichoso, luego, se produce
entonces una de las coyunturas más bellamente paradójicas que he tenido el gusto de contemplar: Todo lo tremendamente complejo llega finalmente a su resolución final de manera escueta. Pasa en todas las disciplinas, pensad en la Física con la formulita final de un razonamiento de décadas (la ecuación que explica, prácticamente, el universo cabe en una taza). O la semiótica que cierra sus tesis con una única frase conclusiva, a menudo bastante simple. En el caso de las personas con ACI (Altas Capacidades Intelectuales, veis, ya me he cansado de escribirlo completo) pasa exactamente lo mismo. Tras el batiburrillo mental llegamos a una conclusión a modo de sentencia. Y eso puede generar conflicto cuando lo trasladamos fuera de nuestra cabeza
“Toda su labor profesional es a efectos prácticos innecesaria”; imaginaos decirle eso a un profesor, yo he desarrollado un razonamiento perfecto que lo demuestra (en serio), tiene solidez y cuenta con una empírica lógica interna, pero, joder, tener que explicarlo me da pereza. Ya lo he desarrollado para mí, lo acabo de hacer, no me apetece tener que volver a repetirlo. Es más, puede que si intento explicarlo me ensimisme y piense que he dado datos que no he exteriorizado (también es lo que tiene mantener un diálogo interno casi constante. Sí, nos aburrimos, a veces no hay con quién ponerse a hablar que esté en la tesitura adecuada y solo nos quedamos nosotras mismas. Eso me ha pasado, no recientemente. No soy ni tan ególatra ni tan estúpida como para espetar algo así si no es con una buena situación que lo amerite. Pero era habitual encontrarme con situaciones así de pequeña.

También me pasaba factura en los exámenes. Tenía que medir el recorrido de los argumentos y qué se esperaba exactamente que respondiera, porque en muchos casos el profesor de turno no seguía del todo mis derroteros, también puede que quisiera corregir sin demasiado esfuerzo cognitivo, y acababa por quedarse en lo superficial. Más de una vez dejaba de poner cuestiones en las preguntas: “Sí, no tengo yo otra cosa mejor que hacer que poner esto que ya lo dije ayer en clase. La pregunta ya está rellenita… vamos finiquitando”; Literal.
Cuidado, no es egocentrismo. Soy una acerosa defensora de que de todo y de todos se puede aprender, de hecho, ahí está la clave. Nunca subestimo, y he tratado de no subestimar a nadie, pero una cosa es humildad y apertura de mente y otra muy distinta regurgitar gilipolleces con mentalidad acrítica sin ningún sentido. El que quiera rumiantes que se compre vacas, porque yo jamás me he dignado a vomitar datos incausados. ¿Por qué? porque gracias a dios y los hados, puedo, he podido y espero poder.
Creatividad y otras drogas de diseño
Supongo que siempre he sido muy observadora, me fijo minuciosamente en los detalles. Extremadamente curiosa, muy crítica y reflexiva con todo, al punto de abstraer razonamientos siempre en confrontación y movimiento. No me puedo estar quieta, si a esto le sumamos que soy capaz de hilar “baldosas” con “máquina de escribir” la amalgama resultante puede resultar violenta para algunas personas. Si me recuerdo es probando cosas nuevas: eso se ha traducido en accidentes domésticos, golpes, magulladuras, miradas furtivas ante el desconcierto de mis formas, pintas o maneras de hacer vaya usted a saber. Soy una “personaje” peculiar, mi frase siempre ha sido: “¿Y por qué no?” A veces han salido inventos muy eficaces, otras veces he decidido no volver a actuar así, pero siempre he aprendido.
También tiene su parte de ansiedad cuando necesito formarme día a día, sentir que construyo por y para mí, que me hago mejor y más completa cada día. Definitivamente tengo que aprender algo cada día, o por lo menos mejorar, para sentirme realizada.

A la necesidad y ejercicio de creatividad (ligada paralelamente a su acepción productiva) le debo gran parte de lo que soy, de mi producción profesional a nivel teórico y hasta práctico cuando he tenido, y tengo, que hacer lo que me gusta llamar “Periodismo Muy Low Cost”; el hambre agudiza el ingenio.
De ello se desprende una idea que realmente me lleva acompañando toda la vida, como un motor de producción tan excitante y placentero como estresante (el placer acaba ganando, siempre): “¿Quién es Charlie Parker para privar al mundo de Charlie Parker?”
Gafas, prismáticos y monóculos
En el transcurso de ser consciente de que se es diferente, para bien, hay una dificultad añadida: La de mantener el ego y la humildad al mismo raso.
La primera repercusión cuando se es una inadaptada por extensión de todo lo que llevamos es la de sentirse atribulada. Los intentos por introducirse en cualquier
engranaje social en forma de cualquier grupo son del todo infructíferos, hay algo que falla. Lógicamente, visto desde ahora y con la retrospectiva de la experiencia. Pero eso es hacer trampa, en ese momento la única sensación es la de sentirse una paria sin valor y, sobre todo, la de estar auténticamente desarmada instrumentalmente a la hora de proceder.
Eso lleva a las malas compañías, entendidas como grupos en los que hay que fingir lo que no se es para poder gozar de unas migajas de “pseudoarrope”. Consecuencias de ser humana y el sentimiento de necesidad inherente de pertenencia o “Comunidad”, que se lo pregunten a Bauman que tiene toda una antología completa al respecto. Ni que decir tiene que eso deriva en una autoestima muy pobre para cualquier individuo que tenga la mala suerte de tener que convivir en semejante texto durante demasiado tiempo, cualquiera que exceda del milisegundo.
Con suerte, la situación será reversible y se darán pequeñas ascuas de autorreconocimiento, por supervivencia, por eso de poder seguir respirando. Nadie copa el estrato más bajo y sigue con vida, se necesitan, al menos, pequeños logros y trofeos. Pero, la verdadera explosión de ego suele coincidir con la entrada en la etapa adulta, o cuando la individua en cuestión deja de centrar sus pensamientos ociosos en contenidos sexuales la mayor parte del tiempo. Puede parecer una vulgaridad, pero funciona así, o se piensa con el cerebro o se hace con el páncreas. En ese momento una se da cuenta de que le puede sacar rentabilidad (que es un verbo muy de adultos) al hecho de ver y pensar el mundo de otra manera: ya sea en las relaciones humanas, porque: “oh, sorpresa, ahora todo el mundo quiere diferenciarse”. En lo laboral porque una es más espabilada que la banda de borregos y puede anticiparse. O en lo intelectual, porque en efecto, una se da cuenta de que tiene la suerte de estar por encima del resto.
Las tornas han cambiado de manera muy radical y se corre el riesgo de que la megalomanía se apodere de la escena. Un fenómeno extrapolable al de alguien muy pobre al que le toca la lotería y, al día siguiente, decide que debe comprarse el catálogo completo de Fabergé y Bugatti. Por eso aquí donde se debe hilar fino, no hay dos palabras más dañinas en nuestro idioma que: “Buen trabajo” y contra ello hay que luchar en todas sus vertientes.

En mi experiencia personal estoy constantemente nivelando este aspecto. Joder, soy humana, no me amarga el dulce de la buena estima y, ante todo, consciente de que valgo mucho y de que soy capaz de hacer infinidad de cosas de manera excelente. Necesito de mis triunfos para motivarme a seguir en el camino. Pero al mismo tiempo me cuido muy mucho de pensar que ya lo tengo todo copado, que sé verdaderamente de lo que sea, porque también me siento profundamente ignorante aun en aquellas cosas que mejor se me dan. Es mi método y medicina para no dejar nunca de progresar, ya no como profesional, como persona. En esas está el juego, en la dualidad, en la de saber que lo haces guapo, pero eso no te convierte en bella. Estar por encima de todo en posesión de nada.
Creo que es uno de los regalos más productivos a los que mi mente ha llegado en forma de valor y premisa: No necesito compararme con nadie, no compito, no lo necesito. Mi manera de ganar se basa en nunca dejar de hacer en base a mí. En ese aspecto si me exijo ser mejor que ayer. No es charla de autoayuda barata, realmente es así, por lo menos en mi caso, y a veces es un contrato muy duro pero que no tengo, por fortuna, que cumplir conmigo mismo. Me lo debo y punto. También como sentido trascendental; necesitamos algo por encima, una norma en forma de verdad, un dios o ley fundamental de la esencia absoluta, un sentido común extraterrenal que le otorga una responsabilidad a cada uno de los dones con los que contamos. Así que como ya he dicho antes, si tengo un don tengo que contribuir constructivamente con él. Es irracional, pero espolea hacia el progreso, luego, bienvenido sea.
El universo en los pliegues de una mano
Es habitual encontrarme ensimismada en alguna situación que descoloque de entrada; por ejemplo, y no es para nada de las extravagantes, mirándome muy concentrada las líneas de las manos, las puntadas de la chaqueta o los adoquines del suelo. La mayoría, elementos cotidianos en los que no reparamos pero que llegados al caso me desentrañan todo un desarrollo conceptual.
La gente como yo, debido a nuestra manera de funcionar cognitivamente que enlaza implicaciones e implicaturas constantemente, percibimos y por ende pensamos el mundo de manera diferente. No en otro grado como de primeras cabría pensar, sino de manera alternativa. Vemos la tela de la cortina y no estamos viendo lo cotidiano: “un trozo de tela, ahí, colgando”, que es lo que a efectos prácticos hay. Más bien ya nos estamos preguntando sobre el convencionalismo social del pudor, de lo traslúcido, pero no transparente, de la tecnología que nos ha llevado a desarrollarla en serie y de cómo crea una estampa, una visión, un instante. Esto último es la clave de nuestra visión.
De todas las realidades, de todo lo posible, de todo lo construible, eso y solo eso. Como el milagro termodinámico que convierte el aire en oro a partir de una ínfima posibilidad. El hecho de estar constantemente relacionando y percatándonos de potenciales virtualidades no hace valorar el instante de manera única, somos verdaderamente conscientes de ello. Porque ¡Coño!, lo es. Y unidireccionalidad irrepetible para nosotros es un prodigio: Un océano de nociones metaforizada mediante un único elemento, ese nivel de concentración nos fascina. Y es por eso que sentir el aire, la lluvia, el calor… O, incluso, los sentimientos: alegría, odio, pánico, dolor… Es, no más intenso, no estoy en el sistema nervioso de nadie para poder hacer tal afirmación, pero sí diferente y más potente por todo lo que nos supone. No vemos “eso” vemos “eso” y todo lo que entraña simultáneamente.
“Qué guay”, diréis, lo es. Pero también pensad que no en todas las ocasiones es lícito ponerse a “divagar” o enlazar; cruce usted la Gran Vía en hora punta y póngase a deleitarse con la calzada para que vea lo que pasa. Es un elemento con el que hay que aprender a negociar, ante tantos estímulos en retroalimento se trata de ejercitar las máximas de la comunicación en vida: Coherencia, Adecuación y Corrección, ello también tiene su lado laborioso.
Qué sacamos en claro de manera derivada, una aplicación crítica incesante. Cuanto se tienen bombardeos de información se acaba por desarrollar una criba que para bien o mal pasa factura: El sentido crítico. Aplicado a todo, con las mismas consecuencias que los términos del primer apartado. No siempre es el momento y el lugar para analizar, a veces hay que ejecutar, improvisar, hacer hacer. Si una persona “corriente” (me siento de otra especie cada vez que hablo de un vosotros/nosotros) normalmente tiene que aprender el don de la oportunidad, nosotros (extraterrestres) debemos interiorizarlo por partida doble.
Finalmente, cuando se cruzan estos dos fenómenos, el de la crítica y la percepción, una se da cuenta de que absolutamente todo es producto de la convencionalización social, todo. Y si no, piénselo: lo aceptado, lo bonito, lo prohibido, lo bello. Cuestión de Frame. Entonces, ¡uy!, hay mucho peligro porque automáticamente todo es susceptible de ponerse en cuestión. Lo cual es muy fructífero para el crecimiento intelectual, quizás no tanto en el devenir cotidiano del día como no se controle a la bestia.

Al nivel más íntimo y emocional mentiría si dijese que no afecta. Sí, y tendemos por naturaleza a los extremos, necesitamos emociones fuertes. Cuando se captan miles de estímulos ya no vale cualquiera, aunque podamos encontrar belleza y placer en cualquiera. Pero a la hora de la verdad, la de sentir, de apasionarnos y apasionar, necesitamos de fuentes de inspiración constante. Como quien llena huecos sempiternos. Huecos que se pueden copar con pasión profesional, personal, emocional, digamos elementos “sanos”. O con autodestrucción, drogas y relaciones tóxicas. Porque, en definitiva, somos incondicionales del deleite compulsivo, lo necesitamos. La pasión es nuestro mayor alimento y no creo que ninguno de nosotros pudiera vivir un solo día sin ella y sin sentir que la podemos insertar en el mundo, lo digo en serio. Quizás por ello grandes genios como Dostoievski, Bukowski y Cioran reflexionaban tanto con el suicidio, y otros no menos grandes como Larra o Van Gogh le pusieron patas.
Así que sí, si se prefiriere, vivimos en otra, bendita, realidad. Yo no la cambiaría por nada, ahora, la moneda cuanta con dos caras con las que hay que saber bailar, aun a la pata coja.
Meter cubos en cuadrados
Todo el mundo me parece, a grandes rasgos, gilipollas. Suena a escrito de quinceañera a plataforma “SuperPop” de turno, pero en realidad es algo veraz y serio.
Mi desarrollo cognitivo y emocional no van a la par. Tengo las necesidades sentimentales de una joven adulta (en algunos aspectos puede que de adolescente al
haber quemado etapas vitales muy rápido y ahora tener carencias, harina de otro costal), pero reflexiono como una vieja. Desde que tengo uso de razón prefiero estar con gente mayor que yo, me siento más cómoda. De cualquier manera, mis amigos mayores han perdido el espíritu reivindicativo y contestatario de la juventud, a mis a mis amigos jóvenes les faltan muebles en el coco. Cuando esto no ocurre tengo un orgasmo porque sé que he dado con un milagro termodinámico, entonces rezo para que la sociedad no le haya promovido, demasiados, problemas psicológicos.
Suena extraño, pero las mejores personas que conozco sufren o han acaecido de algún tipo de problema psicológico, más o menos grave dependiendo del caso. Sobre eso deberíamos reflexionar: Qué estamos haciendo con los humanos con chispa. Ahí lo dejo.
Así que, no te sorprenderá cuando te diga que me cuenta encontrar personas realmente afines con las que me comprendan o entiendan, siquiera, ampliamente. La mayoría de las personas me resultan tediosas, aburridas, con discursos basados en patujadas, que me hace percibirlos como pobres de espíritu; más por la pasividad que fomenta implícitamente el sistema, que porque ellos no tengan capacidad (sumamos harina de otro costal y ya vamos para fundar molinero). A la hora de iniciar un proyecto, o acabo sola o frustrada y desilusionada. Asignatura pendiente que trato de corregir, sé que encontraré la tecla que nos permita colaborar a los humanos y a mí, aunque sea coyuntural y eventualmente, bueno, ¿Acaso existe algo que no sea eventual en todo su rango de extensión?

He llegado a la conclusión de que entiendo a la humanidad en sus grandes gestas, movimientos y producciones. De hecho, me dedico a la Comunicación, estoy absolutamente todo el tiempo escudriñándola y sacándole partido, y joder, de manera satisfactoria. No obstante, entiendo, pero no comprendo a los humanos que la conforman, no comprendo a las personas, ni quiero hacerlo debido a lo que ello supone. Pago el precio, de nuevo bendito, de ser otra cosa. Estoy orgullosa de ser otra cosa y no me cambiaría por nada ni nadie.
Lo mío es convivir con dicotomías: Muy empática pero fría y lógica a la vez. Sentimental, pero reflexiva. Me puedo dejar llevar, pero, la verdad está siempre ahí. Es algo con lo que se convive, que te marca y condiciona para bien y mal.
Presentar la tesis con gorra y deportivas
Si os digo la verdad me encanta llevar la contraria. El “no” mola porque rompe esquemas, desestabiliza, a veces solo para que la estampa salga reforzada. Sin embargo, la propia situación de plantarse y decir “no” mediante una infinidad de formas y maneras es francamente placentero.
Me gusta ser irreverente y negarme a la pasividad; ¿Y por qué no? os planteaba en uno de los primeros apartados, pues eso. Vivimos, por necesidad, en un mundo de normas que nos constriñen la libertad de acción, que no de espíritu. Así que, si puedo jugar con esas normas para ampliar la libertad sin hacerme ni hacerle daño a nadie, estoy en la obligación moral de hacerlo. Lo que sea, por nimio que parezca supone una chispa que inicia fuegos fatuos de revolución: Paséate en bolas con la ventana abierta, usa palabras soeces si se amerita, ponte un calcetín de cada color y presenta la tesis ante un tribunal de estirados catedráticos chupaculos con gorra y deportivas. Donde puedas haz lo que debas. Siendo consciente y avispada, claro. Podemos “obligar” al resto a que nos respeten en función de la situación, de ahí subyace todo.

Soy tremendamente creativa por la noche, se me ocurren ideas extravagantes, yo soy extravagante. Genial, ¿Por qué debo cohibirme? Si fuera por mí viviría sin relojes, de hecho, muchos días libres es lo que hago. Irónicamente gran parte de mi vida cotidiana, y realmente de la de cualquiera, se basa en plazos y horarios. Así que lo acepto, pero con lo que verdaderamente disfruto es siendo errática, dejando salir la parte más salvajemente productiva, liberándola y encarándola mediante su verdadera naturaleza. Es del todo filosófico, o algo muy gutural, dejémoslo en ambas.
Obviamente hay una cara “B”, como cuando los hombres les pedían favores a los dioses en las epopeyas: Soy tremenda y enfermizamente perfeccionista. De nuevo no es un argumento manido de entrevista de trabajo de medio pelo, realmente tiendo a la obsesión. Si no lo controlo. A cualquier cosa que haga le puedo encontrar una mejora, una puntilla, un detalle o una reforma integral en profundidad. Nunca estoy del todo satisfecha con la consigna de hace 5 minutos. Aunque me congratule cuando siento que he hecho un “buen trabajo”, siento, sobre todo, que me quedan muchas, muchas cosas en el tintero. Me inspira para producir más y mejores elementos, pero también a ver mierda por todas partes. En mis resultados y en los ajenos, así que el nivel de exigencia es alto y las consecuencias en forma de discusiones también.
Con lo que respecta a ser errática, tiendo al TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) si no me controlo. Igual. Especialmente y derivado de situaciones de tensión o estrés. Se controla, sí, sin mayor problema, pero exige de conocerse y estar atenta para no caer en ello.
La barbaridad como definición
Todo lo anterior en convivencia nos lleva, por diferentes derroteros, pero nos lleva, a acabar hablando con nosotras mismas, solas, de temas existenciales (con alguien habrá que hablarlos, ¿No?)
Cualquier tema que se te pueda ocurrir, nos lo hemos planteado a pasmosas edades tempranas. A los 4 años yo pensaba en la muerte, a los 5 qué es estar viva, a los 6 por qué dios se permitía equivocarse y si realmente lo hacía, a los 7 qué era la felicidad y si yo la quería o no, a los 8 que es real y podría seguir hasta la “insaciedad”. Hoy en día me las sigo formulando y me divierten mucho. Pero lo más insólito no es esto, lo más insólito son las conclusiones o más bien conceptos o repreguntas que suscitan al desgranar el tema, a menudo en forma de lo que podríamos llamar: “Barbaridades”.
El típico caso que suelo poner, si hablas con otras personas las convenciones sociales dictan que hay cosas que no puedes decir o hacer, al menos de primeras. Pero con una misma no hay cortapisas, una puede plantearse mentalmente, por ejemplo: “¿Es
determinada etnia inferior?” Obviamente no pienso tal cosa, pero el hecho de poder plantear “barbaridades” sin ningún tipo de escollo favorece el florecimiento del propio pensamiento. La barbaridad nunca querrá decir, en realidad, lo que parece que quiere decir de primeras, normalmente hasta vendrá a reforzar la contradicción de su premisa. No, obviamente no hay una etnia inferior a otras, pero por el camino instrumental habremos sacado en claro miles de enseñanzas, valores y argumentos necesarios para la edificación de otros conceptos de mayor calado. Tiene un uso técnico, que no tanto ideal (de idea como tal).
Y claro, normalmente las mantenemos para nosotras, lejos de las malinterpretaciones del mundo al segundo en el que vivimos, pero en ocasiones no queremos o no creemos que sea necesario usar filtro y es cuando viene la situación violenta. Personalmente, yo, delincuente confesa, lo uso a propósito para lo que me gusta llamar: “Escandalizar viejas” (si la tele las asusta yo las escandalizo, cada quién su función social). Suelto la bomba, dejo que los paletos se indignen y se les pongan las mejillas rojas y luego les explico pausada y socarronamente que se las he colado, que la cosa no va de eso.
Así, otro de los reclamos que hago es el Derecho Fundamental a La Barbaridad, amén del que comentaba al principio, el de Irse. Necesarios ambos para una buena salud.
Animal y texto
Mi profesor de Semiótica decía que todo se reduce al texto y su negociado. Tenía razón. El hombre, también, tenía una cruzada particular con la palabra “contexto”, y más que con ella, con la ligereza de uso social de la que se hace gala porque, ciertamente, lo que coloquialmente entendemos por “contexto” forma parte del texto. Las circunstancias forman parte de la persona.
Y de eso se trata llegados a conclusión, de la confrontación entre el animal como individuo, como sujeto, y su dualidad como “texto” que incluye a su vez a lo que lo rodea. La parte luchando contra el todo, irónicamente, asimismo, contra sí misma.
No podemos vivir con lo que nos envuelve, entendiendo la sociedad y el entorno. Nos maltrata, nos repudia, nos castiga y hace dudar. Pero la necesitamos, la utilizamos, nos la tiramos de vez en cuando y jugamos a entendernos mediante roles macabros.

Pasamos la vida escudriñándonos, generando sentimientos de permanencia que nos permitan seguir buscando a personas similares a nosotros, o totalmente diferentes para nutrirnos del conflicto. Examinando, tanteando, explorando, husmeando y preguntando, sin percatarnos de que al final a quien estamos buscando es a nuestra propia Identidad
No soy yo, ni siquiera yo y mis circunstancias, es la historia que me ha tocado vivir, con todos los pensamientos, bifurcaciones, hilos y conexiones entre sí.
La Identidad es el “continuum” que se siente cuando se siente que se ha venido a encontrar.
Nunca dejemos de buscar, nunca nos dejemos de amar: Hazlo guapo.






