Cuadrado – AV(2/5)

Opinión por Romina Morales
Corría el verano de 2006, finales de julio, me sonó el móvil. “¿Qué número de serie tenemos en la Play?”, me preguntó una voz al otro lado. Tras un par de llamadas después todo quedó dilucidado. Al par de semanas teníamos un cacharro que emulaba la tapa frontal de la PS2, apertura superior, y dos discos. CD y DVD de Swap Magic 3. La piratería había llegado a mi casa.
Yo era lo suficientemente mayor como para saber que no estaba bien, al punto de no ir aireándolo por ahí, ni contárselo a nadie explícitamente. También conocía de sobra el típico slogan de “la piratería es mala” de turno, si bien no llegaba a empatizar del todo. Lo percibía más como la típica campaña de sermoneamiento pueril, apastelado y encefaloplano de “hay que compartir, querer al otro y ser todos amiguitos”. Además, todos lo hacían.
Es decir, nadie lo hacía y todos lo harían. Nadie lo hace, pese a que todos quieren hacerlo. Un placer culpable como el de desayunar helado. Ahora lo entiendo diferente, claro. La clave radica en empatizar y poner cara a los creadores de ese contenido. Cuando también creas cosas y quieres que, honestamente, se te reconozcan. Personificar y dejar de ver meros materiales.
Hace muchos años que no pirateo un juego, quizás sí algún libro cuando mi economía no me lo permite, o no lo encuentro en las bibliotecas. No sin la firme convicción de intentar comprarlo en cuanto pueda.
Creo firmemente en el libre fluir de la cultura. Soy pobre de cuna, proletaria y a mucha honra, no por ello estimo que ciertos elementos culturales deban quedar fuera del alcance de nadie. Por otra parte, también creo, igual de acérrimamente, en la honestidad personal. Si algún día tomas sin pedir permiso, al siguiente debe dar sin que te sea pedido. Si mañana soy yo a la que le “piratean” por falta de recursos, hasta les facilitaría que lo hicieran.

Porque al igual que personalmente no dejé de piratear cuando pude, sino cuando quise y entendí su magnitud ética, creo que no se dejará de hacer hasta que la sociedad libremente decida no hacerlo. Confío en construir y abogar por una población que sepa retribuir de buena gana a sus benefactores. Por la cuenta que nos trae a todos.
Actualmente está muy cristalino, pero con 10 años la piratería es como que tu madre te venga a buscar al cole para hacer peñas. Mola y te abre la puerta a una infinidad de sensaciones explosivamente placenteras.
Así, llegué a jugar a más de 300 juegos, la etapa dorada de la segunda generación de Sony. Comencé a probar hasta géneros que no había tocado en mi vida, luego descubrí que me encantaban. Cada día había un título o dos nuevos en casa y hasta admito que la Playmanía se comenzó a usar como catálogo de descarga de las mejores entregas pasadas.
Mentiría si no dijese que fue una gran etapa en lo “videojueguil” con anécdotas divertidas por doquier. Como la alfombra que quemamos jugando al Saints to Seiya, las coñas entorno a los juegos más extraños que os podáis imaginar, o las carreras por ocultar que nos habíamos pasado la tarde jugando cuando mi madre regresaba de trabajar.
Sí, jugué a muchos juegos, fue la hostia. Mas, hoy lo que recuerdo con mayor fulgor es el ambiente cálido y festivo que alegraba cualquier entorno mustio de alrededor. También la sensación de compañía mutua y el entorno singular y compartido de, por ejemplo, ir a comprar los juegos en asociación y teatrillo cuando aún no teníamos la consola pirateada. Menuda regateadora era yo con apenas 10 años en el hindú al que íbamos a comprarlos (en Canarias la electrónica era cosa de los hindús hasta la llegada de Mediamark and Co).
Sigue la historia en el siguiente capítulo…







