Triángulo – AV (4/5)

Opinión por Romina Morales
Me vine a Madrid a vivir y estudiar en 2015, una muy larga historia que solo la gente íntima conoce. Una única maleta, recursos para sobrevivir apenas 2 meses y unas ganas loquísimas de formarme y deslomarme a trabajar para conseguirlo. Vendí, casi que, tirada de precio, a la bonica de la PS3 para alargar un poco los fondos reservados.
Aún hoy lo sufro, es complicado practicar el desprendimiento aún cuando se trata de servir a bienes mayores. Siento que no solo me tuve que deshacer de algo material, sino de todo un símbolo de los momentos y experiencias que viví mientras me acompañó. Fue la que menos tiempo estuvo conmigo y a la que más cariño le guardo. Creo que lo volvería a hacer, ya tan solo por poder evocarle ese aire romántico de la despedida ahora.
Gilipolleces aparte, me sirvió para contribuir a labrarme un futuro mejor. Ni de lejos sabía la magnitud de mi decisión y hoy la aplaudo. De alguna manera fue la corroboración de la entrada en la vida adulta. El hacer algo que no quieres en pos de un interés supeditado. Una cábala reflexionada, un salto de fe. Un golpe de realidad fría, enaltecedora.
Ahí podría haber acabado mi relación con los videojuegos, un pasatiempo infantil que se abandona cual púgil se desquita la grasa para dar el peso final. Sin embargo, siempre fueron un eje mucho más profundo. Aún sin consola ni nada que se le pareciese, ya que la patatilla, muy resistente, que tenía por portátil corría el buscaminas como top, seguía sintiendo la seducción del ocio digital. Nunca dejé de interesarme, de sentir su magnetismo atractivo.
Yo no jugaba, pero me rodeaba de gente que sí lo hacía a muy diversos niveles. Periodistas, gente de productoras, artistas… Vender la consola para venirme a Madrid había significado dejar de jugar y, al mismo tiempo, posicionarme más cerca de los videojuegos que nunca.

Comencé a ir a congresos, a ferias, a entrevistar a empleados en el sector. Conocí a no pocos emprendedores que buscaban darle la vuelta al panorama, empapándome del fabuloso éxtasis de la “Cara B”. Todo ello me sirvió de gran crecimiento. Aunque sin duda de lo que más rédito saqué fue de los cafés off the record y de las rondas de cañas en las noches sin fin. Los grandes avances siempre se terminan de consolidar con menaje en la mano.
“Me atrae bastante el periodismo de videojuegos como profesión”, le dije en una ocasión a un entrevistado. “Tú vales más que esta mierda”, me contestó.
Pensándolo hoy, no sé muy bien si me dijo aquello por halagarme gratuitamente, porque andaba hastiado tras muchos años, o una mezcla de ambas. Lo cierto es que yo le encontré sinceridad bienintencionada a aquellas palabras. No es que me desanimara, ni mucho menos. Al final, si alguien persigue algo, lo hace por encima de opiniones y hasta la realidad misma.
El resultado es más ajeno que propio, el camino, al contrario, siempre es algo puramente singular e íntimo. Sin embargo, no, al final no me decanté por el periodismo de videojuegos. Quién sabe si en algún momento del futuro.
Sigue la historia en el siguiente capítulo







