Equis – AV (1/5)

Opinión por Romina Morales
En mi casa jamás faltó un pad. Jugar a la consola, o la maquinita como siempre se obcecó en llamar mi madre, era una actividad social. Me atrevería a decir que al mismo nivel educativo que pintar, leer o sumar llevando. Algunos de mis mejores recuerdos de la infancia pasan por una Nintendo 64 con el Mario o el Zelda encartuchados, una Gameboy Pocket chupando pilas a pares, o el viejo Pentium de mi abuelo corriendo un MAME ante la incredulidad de tener tantos juegos a disposición.
Prácticamente nunca jugaba sola. Hacerlo, pues, se convertía en una manera historificada de pasar tiempo con familiares mayores que yo. Me encantaba rodearme de gente mayor. La narrativa y las dinámicas de juego nos unían, solventaban la barrera convencionalizada de la edad, soñar y evocar nuevas realidades se convertían en una terapia realmente prolífica para alguien como yo.
Lo jugué a (casi) todo de PS2. Llegó en las navidades de 2001 a mi casa. Yo no sabía, ni siquiera, que existía cuando había entrado de lleno en la segunda generación de consolas que tocaría. De su retrocompatibilidad comenzó mi amor por los Spyros, los Harry Potter (los que no tenían presupuesto para doblar a todos los personajes y algún que otro niño NPC tenía la voz de un viejo), Sheep Dog N’ Wolf, los Crash Bandicoot…
Sí, los juegos de PSX eran más baratos que los de PS2 y a mí, tierna e inocente, me la sudaba, sudadísima, la generación concreta. Valoraba los juegos, simplemente, por la capacidad de divertirme. Una premisa muy elemental que con el cambio de década hemos obviado todos un poco.
Posteriormente le tocó el turno a Jack and Daxter, God of War (ya era medio mayor de edad, literalmente), el endiabladamente difícil Los Increíbles, Destroy all Humans, Vice city y San Andreas (que no se me permitían tanto, pero, como tantos otros chavales de mi generación, los probé y FLIPÉ)

Aunque ya jugaba en solitario gran parte del tiempo, muchas de las dinámicas de antaño prevalecían. Mi manera de entender los videojuegos, más que como un “pasatiempo” vacío, se enfocaba en una forma de conectar con las ideas creativas que otros habían preparado previamente y que me permitían ser partícipe directa.
Una propuesta que me invitaba a adentrarme en cómo había pensado el autor, y hasta dónde podía llegar su retorcido razonamiento a la hora de ocultar secretos y soluciones a la historia. No solo jugaba a lo que jugaba, sino a todos los títulos paralelos que me montaba a base de “y si” hago esto o lo otro, “y si” hubiera sido así…
No me gustaban ni los títulos en primera persona, ni, excesivamente, los deportivos. Me exasperaba que los medios generalistas hablaran burdamente sobre ocio electrónico. Tenía frita a mi madre con que las televisiones debían contratar a gente que supiera para hablar de videojuegos. Paradojas de la vida, hoy en día cualquiera tiene a su disposición a un periodista especializado por 4 uvas, y esa precarización me cabrea aún más.
Por esa época ya devoraba las revistas del momento, una de las mejores cosas que había era la de poder aunar mi amor por los videojuegos con la pasión por la lectura. La más asidua en casa era la Revista PlayStation Oficial, ¡Las demos!, oro. Las rejugaba cientos de veces a base de “reseteo”. Marca genuina de los niños de los 90´s.
De la oficial pasé a la “100% no oficial”, la mítica Playmanía. Fue ahí, sobre 2004, cuando comencé a reconocer nombres propios de la industria periodística. Me comencé a interesar por quién hacía qué, la primera y última página cobraban mayor valor que el de hacer bulto. Daniel Acal era mi favorito. Quién me diría que, con el tiempo, acabaría entrevistándole yo a él y tomándome algún que otro café hablando del sector. Un tipo sensacionalmente interesante, por cierto. De hecho, fue la primera entrevista que realicé, la que con mayor cariño recuerdo y con la que me sentí toda una profesional (sin ser yo nada de eso). No obstante, no sería hasta mucho después, continúo que desvarío.
Sigue la historia en el siguiente capítulo…







